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Agustín Romero, el indiano de Cornazo

Victor Viana | Revista eSmás Vilagarcía Nº 14

Fue el fundador de la Cruz Roja de Vilagarcía y la Seguridad Social
Agustín Romero, el indiano de Cornazo
Autor: Víctor Viana
Historiador y Médico

Agustín Romero nació en la parroquia de San Pedro de Cornazo en el año 1846, pasando la niñez en la misma hasta que a los 12 años fue enviado al Uruguay, sin ser acompañado por ninguno de sus padres, para allí trabajar junto a unos familiares ya asentados desde hacía años.

Al principio vivió en el campo para posteriormente acudir a la llamada de la capital, Montevideo, en donde siguió trabajando hasta conseguir una situación económica más que estable, hasta el extremo de ser nombrado presidente de la Cámara de Comercio de la capital, cosa poco frecuente al tratarse de un emigrante.


En Uruguay se casó con Rita Melio, con la cual tuvo un único hijo que, pasados los años, se casaría con Landelina Tajes, hija del general y presidente de la nación Máximo Tajes, prueba de la extraordinaria situación económica y social a que había llegado Agustín Romero.

El general Máximo Tajes no solo era el presidente del Uruguay, sino un héroe nacional por haber dirigido la batalla del Quebracho en marzo de 1886, en la que venció a los
revolucionarios.

Si resulta raro que el hijo de un vilagarciano se case con la hija de un presidente del Uruguay, más raro es que venga a pasar unas vacaciones a la parroquia de Cornazo en la casa de su consuegro, y eso fue lo que sucedió en octubre de 1910, cuando Máximo Tajes era ya expresidente.
 
Con la llegada del general Tajes a Cornazo, este decía a la prensa entre bromas que “soy muy gallego”, tanto por su ascendencia gallega, como la de su mujer oriunda de Pontevedra y recientemente con la boda de su hija con el hijo de otro gallego de Cornazo.

Mientras tanto, Agustín Romero repartía su tiempo entre Uruguay y Vilagarcía hasta que definitivamente, y ya arreglados sus problemas legales con la herencia de su hijo, regresó definitivamente a su casa de Cornazo en 1917.

Amante de su pueblo, el indiano Agustín Romero mandó construir las siguientes obras para sus convecinos de Cornazo:
 
  • Una red de caminos vecinales que llegaba hasta los cuatro kilómetros, para la que tuvo que comprar bastantes tierras, en ocasiones con serios problemas y malentendidos, comprometiéndose a la vez a su arreglo continuo.

  • Una escuela parroquial para cien alumnos, construido de acuerdo con las normas sanitarias y educacionales del momento, para la cual hizo traer los planos de Francia. Las obras duraron dos años, terminándose en 1906, permitiendo que “los niños de Cornazo, que antes tenían que ir a la escuela de Villagarcía, que dista tres kilómetros (un imposible en días de invierno), tienen el pan intelectual al lado de sus casas”.

    No solo construyó la escuela para niños de ambos sexos sino que pagó su mantenimiento, siendo su primera maestra, Dolores Bouza Trillo, hermana de Fermín Bouza Trillo. Viendo que a la larga sería conveniente introducir la escuela en la red nacional, en 1924 solicitó que pasara a la tutela del Estado aunque pagándola de sus ahorros, y para ello hizo una fundación depositando en el Banco de España “una cantidad de dinero suficiente para su sostenimiento a perpetuidad”. La donación incluía también la casa de la maestra y todos los enseres comprados a lo largo de los años.

  • Construyó también una traída de agua desde el monte Lobeira de la cual decía la prensa local que “la obra ha sido larga y costosa, pero después de consumir unos buenos miles de duros, una gran fuente surte su preciado líquido al vecindario del contorno…”.

  • Amplió igualmente el cementerio con un nuevo cierre, añadiéndole un depósito para cadáveres así como un parque para fiestas y romerías, supervisando personalmente la plantación de los arboles que lo adornarían en el futuro.

  • El gran legado de Agustín Romero a su parroquia fue la reconstrucción de su iglesia parroquial, demoliendo el anterior templo que, según la prensa, era muy pequeño y “daba casi nota de pobreza, en doloroso contraste del conjunto progresista del resto del municipio...”.

    La obra costó 30.000 duros de la época, una inmensa fortuna imposible de juntar por los vecinos, y se inauguró el 14 de junio de 1925, siendo bendecida por el obispo de Plasencia, Don Justo Rivas, asistiendo a su primera misa los componentes del conjunto musical y coral de la Catedral de Santiago. A dicha inauguración asistieron las autoridades provinciales y locales, tal como el gobernador civil de Pontevedra, el presidente de la Diputación, el delegado gubernativo (eran los años de la dictadura de Primo de Rivera), el alcalde de Vilagarcía,…

  • Fue además el fundador de la Cruz Roja de Vilagarcía, por entonces algo así como la Seguridad Social de la época, sin nada que ver con la actual configuración de la misma, dotándola además de un edificio pagado por nuestro personaje así como su mantenimiento.

  • Construyó además varias casas para familias necesitadas de Vilagarcía, donando además algunas imágenes para las iglesias del convento de Vista Alegre y de Cornazo.
Falleció en su parroquia de Cornazo el 17 de enero de 1929, señalando en su testamento que deseaba ser enterrado en la iglesia que había mandado construir, en un sepulcro de su propiedad, “cuidando que la cabecera de la caja quede al norte y los pies al sur, o sea, mirando a América”.

Dejó en herencia algunas de sus casas a sus servidores y ahijados, y su casa principal a una institución religiosa llamada “de los Hermanos de la Doctrina Cristiana fundada por San Juan de la Salle, con destino a niños varones pobres”, dotándola de un capital de 300.000 pesetas en Deuda Perpetua Española al cuatro por ciento “para con los productos de este capital sostener el colegio”.

El legado testamentario que en el futuro causaría algunas dudas a los párrocos de San Pedro de Cornazo, arzobispado de Santiago y algún banco, fue la orden de Agustín Romero de dejar a la Virgen de la O las joyas de su esposa y sus medallas, “a quien se las deja perpetuamente en uso de la fiesta de la parroquia, y recogiéndolas al día siguiente la casa pueda tenerlas y en cada año las volverán a entregar el día de la fiesta, recogiéndolas de nuevo”, y permaneciendo el resto del año en la caja fuerte del banco Hijos de Olimpio Pérez de Villagarcía. Con el paso de los años, los diversos personajes involucrados en el testamento tratarían de buscar una solución práctica para el uso de dichas alhajas que no fuese el solo llevarlas durante el día de la fiesta de la Virgen de la O.

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