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Cómo pasa el Tiempo! - Parte 2

Redacción revista eSmás | Revista eSmás Vilagarcía Nº 20

Continuamos con un texto de Roberto Núñez Porto que tuvo su primera entrega en el anterior número de la revista EsMás Vilagarcía Invierno
Cómo pasa el Tiempo!  - Parte 2


Continuamos con un texto de Roberto Núñez Porto que tuvo su primera entrega en el anterior número de la revista EsMás Vilagarcía Invierno 2018:

Furtivos

Tenía yo ocho inexpertos años –todavía llevaba pantalón corto, como correspondía a mi edad en aquella época– y un compañero de colegio, colega de juegos y travesuras, me convenció –no tuvo que insistir mucho, ciertamente– para que lo acompañara hasta el lugar de A Laxe (La Lage, se decía entonces). Lugar al que, por cierto, yo nunca había ido. Su intención, de la que tuve conocimiento al llegar allí, era entrar furtivamente en una huerta con el fin de afanar fruta. Aquello era nuevo para mí. No comprendía el porqué de aquella acción –muy generalizada entonces– que iba en contra de mis principios. Pero me pudieron la curiosidad y el espíritu ‘aventurero’.

 

Como la mayoría de las huertas con árboles frutales, aquella también estaba cercada con alambre de espino que, en aquella zona del terreno, apenas sobrepasaba el metro de altura. De manera que, poniendo especial cuidado para no  dañarnos las manos, las piernas y la ropa, saltamos la alambrada y nos dirigimos a las claudieiras que, al fondo de la huerta, destacaban cargadas de fruta. Allí permanecimos  largo rato, deleitándonos con el exquisito sabor de las ciruelas claudias, atentos a cualquier presencia inoportuna  que pudiera poner en peligro nuestra integridad física.

 

Cuando ya habíamos decidido dar por terminado el ‘festín’, nos alertó ver que un hombre –probablemente el dueño–  venía corriendo hacia nosotros, blandiendo un palo que portaba en su mano derecha, increpándonos a voz en grito.  “¡Pies para qué os quiero!”, pensamos. Y empezamos a correr, ‘escopetados’, hacia la zona por donde habíamos entrado. Sin considerar la altura de la alambrada, y mucho menos la ubicación de las púas, de un gran salto logramos  superar aquella barrera. Yo, que nunca me había visto en una situación semejante, creí que me salía el corazón por la boca. No dejamos de correr hasta llegar a la Plaza del Obelisco. Aquella fue mi primera y última experiencia como furtivo en huerta ajena.

En aquella frenética huida, al saltar la alambrada rocé una de las púas. ¡Un ‘siete’ en el pantalón! Aquel percance me valió una gran reprimenda de mis abuelos –sobre todo de mi abuela–, con los correspondientes azotes en las posaderas. Y no por el roto en el pantalón, que también, sino por no haber respetado la propiedad ajena, un concepto que ellos me habían inculcado repetidamente y con verdadero ahínco, como parte esencial de mi educación.
 


 

Navegando a la deriva

Con el mismo colega de travesuras, para no variar, participé en un episodio marinero de escasa importancia pero que pudo tener consecuencias graves. El Muelle de los Carabineros –testigo mudo de aquella caída al mar en la que a punto estuve de perecer ahogado– volvió a ser el escenario de una nueva travesura.

En un atardecer estival, con la pleamar iniciando su bajada, la gamela amarrada a una de las argollas del muelle llamó nuestra atención. Nos acercamos, confiados y decididos, con la clara intención de subir a bordo. Asegurándonos de que su propietario no andaba cerca, así lo hicimos.

Empezamos a movernos hasta que la embarcación alcanzó un frenético movimiento de vaivén, de babor a estribor y de proa a popa... Pero, claro, nosotros buscábamos más acción. De manera que, soltando del amarradero el rebenque que la mantenía sujeta al muelle, empujamos haciendo fuerza en aquel para separarla e iniciar nuestra particular ‘singladura’ por la dársena de O Cavadelo.

Cuando nos habíamos alejado unos diez metros del muelle, reparamos en que aquella gamela no tenía los remos a bordo. ¡Y ahora qué hacemos! Exclamamos con natural preocupación. El mar estaba en calma y la lenta bajada de la marea movía la embarcación hacia la embocadura que existía en el muro de cierre de la dársena. El sol empezaba a ocultarse y, lentamente, nos íbamos alejando del embarcadero en el que, para llamar nuestra atención, el dueño de la gamela, al tiempo que movía los brazos, nos decía a gritos que regresáramos. Pero, ¿cómo hacerlo sin remos? Metimos las manos en el agua, él por la banda de babor y yo por la de estribor, moviéndolas frenéticamente, con gran esfuerzo, intentando avanzar hacia el muelle.

Llevábamos un rato ‘remando’ con las manos, pero era inútil. Ya estaba anocheciendo y, a pesar del esfuerzo agotador, apenas habíamos avanzado un par de metros. En el muelle, el dueño continuaba increpándonos vociferando a pleno pulmón. Entonces, convencidos de que con aquel sistema de impulsión no saldríamos de allí en toda la noche, se me ocurrió una posible solución que, aún en el caso de que funcionase, no me iba a librar de una bronca monumental al llegar a casa, aderezada con unos merecidos azotes en la zona de ‘popa’. La idea era descalzarnos y remar con nuestras sandalias. Y así lo hicimos. Aquello dio resultado y, al fin, aunque extenuados, conseguimos llegar al embarcadero.

 

El propietario del bote, que era un viejo conocido, al vernos en aquel estado de agotamiento únicamente nos amonestó diciéndonos que podíamos haber tenido un disgusto, y que no volviéramos a hacer semejante disparate. Cuando llegué a casa, sudoroso, con los pies mojados y las sandalias rezumando agua salada, el recibimiento fue como yo había imaginado... Y que, por otra parte, merecía.

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