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Independencia, la plaza-plaza

Manuel Villaronga | Revista eSmás Vilagarcía Nº 19

Durante siglos, la Plaza del Mercado fue el centro de la villa que soñaba con ser ciudad
Independencia, la plaza-plaza

Autor: Manuel Villaronga

“Durante siglos, la Plaza del Mercado fue el centro de la villa que soñaba con ser ciudad”


Si hoy le preguntáramos a cualquiera, vecino o no, cuál es la plaza principal de Vilagarcía, no tendría duda: la de Galicia. Si la misma cuestión la planteáramos hace poco más de 100 años, y así hasta atrás, hasta la época medieval, la respuesta sería otra: la de la Independencia. ¿Por qué? Primero, porque la plaza de Galicia es cosa bien reciente (no fue hasta los años 20 del siglo pasado cuando adquirió su configuración contemporánea), y segundo, y fundamental: en efecto, para plaza-plaza, la del Mercado, antes de los Ferreiros. Por eso, ahora que se acaba de anunciar su enésima reforma, con la que en buena parte recuperará la esencia de ágora que siempre tuvo, quizá no esté de más iniciar un viaje al pasado para comprobar cómo llegamos hasta aquí. ¿Vamos?

Muchas veces se ha dicho que a diferencia de otros municipios, algunos bien cercanos, Vilagarcía no tiene “casco histórico”. Sí lo tiene, otra cosa es cómo se transformó, especialmente en dos etapas: entre finales del siglo XIX y principios del XX, y en la década de los 60 y 70 del XX. La demostración palmaria de que sí existe ese “casco histórico” es la plaza de la Independencia. Pocos lugares de Vilagarcía tienen tanto que contar.

Como queda dicho, desde la misma época medieval esta plaza fue la principal de la villa. Baste recordar que hasta que en 1885 se decidió construir la actual Casa Consistorial en el Campo de Cabritas, el ayuntamiento –una casa de alquiler- siempre estuvo en sus inmediaciones. La plaza del Mercado era, pues, el lugar donde se cocía todo o casi todo. Allí se encontraba el rollo jurisdiccional, la famosa picota, donde se impartía justicia. Por eso también fue en ese lugar donde, un día de agosto de 1584, el arzobispo de Santiago, entonces a tortas con la familia de los Caamaño (pazo de Rubiáns), mandó a un emisario para, delante de todo el pueblo, “derrocar y escachar en el suelo el rollo o picota que estaba puesto por el dicho García de Caamaño”, después de que éste hubiera perdido el pleito con el prelado por la jurisdicción de la antigua Arealonga.

También en esa misma plaza, pero un 12 de mayo de 1808, los vilagarcianos dieron muestra de su patriotismo declarando la independencia de España y, por tanto, su rechazo a la invasión francesa. Cierto que aquella demostración de valentía, la chulería o chulada –según se mire- de ser pioneros en Galicia en tal menester, les (nos) valió el arraso general de la población por las tropas francesas un año después. Pero que nos quiten lo bailao. Quede ahora constancia de la importancia de esta plaza como corazón de aquel pueblo que soñaba con ser villa cuando no ciudad.

El antiguo Campo dos Ferreiros, también llamado en algunos documentos Plaza de la Leña, pero sobre todo Plaza del Mercado, mantuvo viva su preminencia como centro-centro hasta que con el relleno de las marismas, en las décadas de los 70 y 80 del siglo XIX, comenzó a colmatarse lo que hoy es la plaza de Galicia, que por entonces era la plaza del Reloj –porque, en efecto, allí había el único reloj público de la villa- y más tarde sería la plaza del Sol, título sin duda menos informativo pero desde luego más cosmopolita.

 

Cuando Francisco Ravella –ése que aún sigue saliendo hoy en los medios: “Ravella dice... “, “Ravella desmiente...”- llegó a la alcaldía en 1881, todo comenzó a cambiar. La plaza del Mercado también. Primero, el visionario regidor compró el antiguo “derecho de piso” con que el marquesado de Vilagarcía (pazo de Vistalegre) gravaba las mercancías que allí se vendían. Luego promovió la construcción de la plaza de la Pescadería. Más tarde vino el traslado de la Alhóndiga –el mercado de cereales, entonces en la misma plaza del Mercado - para la actual plaza de Ravella, entonces Campo de Cabritas.

Sucesivos alcaldes, pero especialmente Amadeo Brumbeck, ya a principios del siglo XX, pusieron todo su empeño en poner en orden en la venta callejera de mercadurías (A Baldosa era entonces la plaza de la Verdura, en Brandariz se celebraba otra parte del mercado y en la Independencia se podía comprar de todo, mucho antes de que se inventaran los bazares chinos). Así nació la idea de construir una verdadera plaza de abastos. Sus antecedentes datan de 1906, pero el proyecto no fue realidad hasta 1929: las obras comenzaron al día siguiente de Santa Rita de 1926 y se inauguraron el día de San Roque tres años después. Originales ante todo.

Apenas dos años después, la corporación republicana de Elpidio Villaverde decidió trasladar toda la actividad de la plaza del Mercado a la nueva y flamante plaza de abastos. Al tiempo, esa misma corporación consiguió derribar las casas La Plaza del Mercado ya sin mercado, año 1930 que, a modo de península, impedían dar la configuración que hoy tiene la plaza de Galicia, llamada por esa época “de la República”.

Fue el punto de inflexión para el antiguo Campo dos Ferreiros, que desde entonces perdió su carácter de plaza-plaza para ser una plaza más. En 1967/68, la plaza, llamada de Rosalía de Castro desde la República, fue objeto de una profunda reforma, adquiriendo la imagen que hoy tiene. Fue bajo la corporación que presidía Victoriano Piñeiro, la misma que, en esos mismos años, decidió cambiar el dichoso obelisco de la plaza de Calvo Sotelo (hoy Galicia) a la de Santa Lucía (hoy Constitución) para poner en su lugar una –para el momento- modernísima fuente luminosa.

A raíz de esas obras de urbanización, la antigua plaza del Mercado pasó a denominarse de la Independencia. Bajo proyecto del arquitecto municipal, Alfonso Barreiro, y un presupuesto de 389.2278 pesetas (poco más de 2.300 euros de hoy), la plaza dejó de tener su vieja fuente –hoy en el lugar de Guillán- para lucir una nueva de tres caños, culminada por una alegoría de la Independencia –el águila imperial francesa abatida por la espada española- de cuya fundición e instalación se encargó el reconocido escultor vigués Xoán Piñeiro, autor también del busto de Juan XXIII, del monumento de recuerdo al médico Moreira Casal y de los bustos de homenaje a Rosalía de Castro y Secundino García Ramos, ambos en Carril. La alegoría que hoy preside la plaza tuvo un coste de 90.000 pesetas. Un viejo cañón y unas anclas, y hasta la carcasa del reloj del obelisco, concluyeron la decoración de la plaza.

En los 90, con Javier Gago en la Alcaldía, la plaza sufrió un nuevo restyling, con más piedra y más baldosa. Así que ya lo saben: por lo menos hasta aquí hemos llegado.

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